Virginia Oldoni, la Divina Condesa

Yo, Madame L., he hecho un reciente viaje a París y os he traído como regalo unas cuantas fotos. Y ¿de quién son las fotos?, preguntaréis. Pues nada más y nada menos que de Virginia Oldoni, Condesa de Castiglione (1837-1899). No he tenido el placer de hablar con ella, dado que desde hace algunos años vive encerrada en su apartamento de la Place Vendôme. Dicen que sólo sale de noche y que su casa está enteramente decorada en color negro, con cortinas que nunca dejan pasar la luz y pesadas telas que tapan la superficie de cualquier espejo que se atreva a reflejar el rostro de la Condesa. Virginia Oldoni no permite que nada ni nadie sea testigo de las huellas que paso del tiempo van dejando en su belleza. Pues resulta que la signora Oldoni fue antaño la belleza más celebrada de su tiempo.

Condesa de Castiglione, Pierre-Louise Pierson, ca.1863-66.

Robert de Montesquieu, un poeta simbolista fascinado por Virginia aunque nunca llegó a verla en persona, pasó 13 años de su vida escribiendo una biografía titulada La Divine Comtesse (1913). En ella recoge declaraciones de personajes de su tiempo. Por ejemplo, nos cuenta que la princesa Pauline de Metternich, que tenía una profunda aversion a la Condesa, llegó a admitir “Nunca en mi vida había visto una belleza igual, y no espero volverla a ver”. Y la propia Condesa, que no era precisamente modesta (y hablaba de sí misma en tercera persona), escribió en su diario a la edad de 60 años: “El Padre Eterno no se dio cuenta de lo que había creado el día en que la trajo al mundo; Le dio forma tan magníficamente que, cuando hubo acabado, Él perdió la cabeza en la contemplación de esta maravillosa obra”.

A los 17 años, Virginia se casó con Francesco Verasis, conde de Castiglione, 12 años mayor que ella y con el que tuvo un único hijo.  Su primo Camillo, conde de Cavour, era ministro de Victor Emanuel II, rey de Cerdeña y Piamonte. Por eso cuando el matrimonio Castiglione  viajó a París en 1855, Virginia siguió las instrucciones de Cavour, intentando favorecer la causa de la unificación italiana ante Napoleón III. Sin embargo, una cosa llevó a la otra, y acabó convirtiéndose en la amante de Napoleón, además de ser un personaje bien conocido entre la nobleza europea.

Sus apariciones en fiestas y eventos aristocráticos eran siempre objeto de escándalo, por su comportamiento atrevido y su vestuario excéntrico. Pero sus excentricidades no se reducían sólo a su manera de vestir. Virginia era muy consciente de su imagen y de su belleza, por lo que pronto (en 1856) se aficionó a acudir al estudio fotográfico de Mayer & Pierson, para retratarse bajo la lente de Pierre-Louis Pierson. Nada que no hiciera cualquier dama rica de la época, al fin y al cabo. Sin embargo… echemos un vistazo a los retratos de la Condesa: durante casi tres décadas de su vida, Virginia posó para más de 400 fotografías, sola o, en ocasiones, acompañada por su hijo Giorgio como si fuera un elemento de atrezzo más. En sus retratos, algunos de ellos coloreados a mano, suele aparecer con numerosos disfraces que remiten a personajes de teatro o de ópera, o llevando sus propios vestidos de fiesta (muchos de esos vestidos también eran disfraces, como su célebre encarnación de la Reina de Corazones con la que causó sensación en una de las fiestas de la alta sociedad parisina).

“Domingo”, Pierre Louis Pierson, 1860s.

“Espejo”, Pierre-Louise Pierson, 1863-1867.

“El éxtasis”, Pierre-Louise Pierson,1860s

“La Reina de Corazones”, Pierre-Louise Pierson, 1860s.

“Venganza”, Pierre-Louise Pierson, 1863-1867.

“Baile en la Ópera”, Pierre-Louise Pierson,1861-1867.

“La mirada”, Pierre-Louis Pierson, 1856–57.

Lo que marca la diferencia respecto a otros retratos de mujeres de la época no son tanto sus extraordinarios vestidos sino el hecho de que era que era ella, y no el fotógrafo, la que decidía el vestuario, la decoración, la postura, el ángulo de la fotografía, etc.

Por ello resulta especialmente interesante una serie de fotografías que la Condesa se hizo tomar en déshabillé o recogiendo sus faldas para mostrar las piernas, de las que tan orgullosa se sentía, desde diferentes ángulos.

Las piernas de la Condesa, Pierre Louis Pierson,1861-1867.

Las piernas de la Condesa, Pierre-Louis Pierson, 1861-67.

“Pie de Judith”, Pierre-Louis Pierson, 1860s.

Los pies de la Condesa, poco antes de morir, Pierre-Louise Pierson, 1894.

Son fotografías que rompen todo tipo de convenciones, no guardan ningún paralelismo con los retratos de la época y, por supuesto, muestran mucho más de lo que estaba permitido que se viera en una mujer. Y, lo más importante de todo, respondían por entero a los deseos de Virginia, a su carácter excéntrico, artístico y profundamente narcisista. Son, por ello, documentos únicos que nos hablan de una mujer extravagante, sí, pero también inteligente y creativa, fuera de toda norma y convención, que fue capaz de construirse una imagen propia en todas las esferas de su vida.

 

Más información:

Exposición en el Metropolitan Museum of Art (Nueva York): La Divine Comtesse, Photographs of the Countess de Castiglione”, (19 septiembre — 31 octubre, 2000).

Artículo en prensa sobre la exposición del MET: BOXER, Sarah, “Photography Review; A Goddess of Self-Love Who Did Not Sit Quietly”, The New York Times, 13 Octubre, 2000.

Artículo sobre las fotografías de la Condesa, la construcción de su imagen y el fetichismo: SOLOMON-GODEAU, Abigail, “The Legs of the Countess”October, Vol. 39 (Winter, 1986), pp. 65-108.

Más fotografías de la Condesa.

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